En la Provincia de Palena hay localidades donde llegar depende de una barcaza que pasa cada cierto tiempo, y caminos que se cortan con el mal tiempo. En Chiloé, la vida de miles de personas se organiza en torno a rampas y horarios de mar. Ese es el problema que enfrentan todos los días el archipiélago y la provincia: el aislamiento.
Por eso, cada vez que reaparece la idea de crear una nueva Región de Chiloé, vale la pena hacer una distinción simple. Lo que falta ahí no es una estructura administrativa. Es infraestructura.
Lo que de verdad se pide
Los alcaldes de la zona lo han planteado ante el Congreso una y otra vez, y siempre en el mismo orden: conectividad vial y marítima, salud, y acceso a servicios básicos en las localidades más apartadas. Más barcazas, más caminos pavimentados, más puentes.
Ninguna de esas urgencias se resuelve moviendo una frontera en el mapa.
A eso se suma un dato que la propuesta pasa por alto: buena parte de la Provincia de Palena y la comuna de Guaitecas se sienten más ligadas a Aysén que al archipiélago, y ya manifestaron que no quieren ser incorporadas. La discusión sobre límites administrativos, además de no resolver el aislamiento, abre un conflicto que nadie en esos territorios pidió.
Una aspiración antigua
Convertir a Chiloé en región es una idea que vuelve cada cierto tiempo, y nace de un sentimiento legítimo: el deseo de más desarrollo, más autonomía y decisiones más cerca. Nadie discute esa motivación.
El problema es que el camino elegido puede terminar produciendo lo contrario de lo que se busca. Antes de repetir la demanda conviene mirar qué pasó donde ya se hizo.
Ñuble, el espejo
Ñuble es la región más nueva de Chile. Se creó en septiembre de 2018, con expectativas enormes: por fin decisiones propias, presupuesto propio, servicios propios.
Ocho años después, Ñuble es la región con mayor pobreza por ingresos del país, en torno al 12 %. Tiene alta ruralidad, desempleo elevado y déficit de infraestructura. Sus propias autoridades han atribuido parte de ese rezago a «problemas en su instalación».
La promesa de descentralización, además, quedó a medio camino. A mediados de 2025, ninguna región del país había recibido el catálogo completo de competencias que contempla la Ley 21.074, y Ñuble se ubicaba en torno al 40 %. Es decir: la región nueva heredó el aparato administrativo, pero muchas de las atribuciones que de verdad importan siguieron decidiéndose en Santiago.
Hay un detalle más, y es el que menos se comenta. Los municipios pequeños no cuentan con equipos técnicos suficientes para formular y ganar proyectos, así que «más fondos disponibles» no se traduce automáticamente en obras. El dinero puede estar y la obra no aparecer.
Si crear una región no sacó a la más nueva de Chile de ser la más pobre, el problema de fondo no se arregla cambiando el mapa.
Lo que sí ocurre con seguridad
Crear una región significa instalar un aparato completo: un Gobierno Regional con su gobernador y su consejo, una Delegación Presidencial, alrededor de quince Secretarías Regionales Ministeriales y las direcciones regionales de decenas de servicios públicos. Todo eso tiene presupuesto y funcionarios permanentes, dimensionados para un territorio más pequeño.
Es, por definición, gasto fijo de administración: recursos que dejan de estar disponibles para obras y que, en un contexto de estrechez fiscal, presionan el gasto del país sin mejorar la vida de nadie. Más oficinas y más cargos no acortan una hora de espera en una barcaza ni pavimentan un kilómetro de camino rural.
La aspiración de Chiloé merece respeto, y también una respuesta a la altura. Pero la mejor manera de honrarla no es sumar una estructura administrativa, sino resolver de una vez el aislamiento con obras concretas: barcazas, caminos, puentes, salud y servicios básicos garantizados hasta en la localidad más apartada. Menos burocracia y más infraestructura, para que el progreso llegue por la vía de las obras.

